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19 de noviembre de 2017

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Hoja de reclamaciones


¡Dejadme en paz!, ¡que me dejéis!, espías, que sois unos espías. ¡Comunistas! ¡Malditos!

¿No veis que ya viene la señorita de la Oficina de Consumo a atenderme?

Buenos días, ya llevo un rato esperándola. Sus compañeros me han dicho que había ido a desayunar. ¿Os queréis callar?, no habléis los dos a la vez. ¡Ella tiene derecho a almorzar! 

Señorita, mire, he venido a poner una reclamación porque compré una caseta de madera, de esas de jardín, y resulta que ayer la que me entregaron era de resina, así que se la llevaron y cuando fui a que me devolvieran el dinero se negaron. Le traigo la factura y el contrato de financiación. ¡Callaos de una vez que no escucho a la señorita!, ya le hablo yo que a vosotros, con tanto chillido, no hay quien os entienda. Pero si no me entero ni yo cuando os ponéis así. ¡Comunistas! 

Ya sé que le tendría que haber traído la hoja de reclamaciones rellena y sellada por la tienda y si no se la presento es porque, discutiendo ayer con ellos, me puse muy nerviosa y me marché alterada. Se niegan a cambiarme y a llevarme la cabaña de nuevo y tampoco aceptan la posibilidad de anular la financiación. 

Por favor, hágame usted el escrito de la reclamación porque yo, aunque tengo estudios, ya veo poco y con estos temblores de manos apenas puedo escribir.

Mi nombre es Carmen, aquí le dejo mi carné que ya no me lo sé. Tengo la cabeza muy mala. Y tú, cállate ya. Maldito. Pero si en vida no me hablabas ¿por qué me das castigo ahora? Sí, ya le he dicho que la caseta era de resina en vez de madera.

Perdone usted, le explico todo. A ver, fui al centro comercial y vi una cabaña de aperos en la que yo, con todo lo grande que soy, cabía tumbada y de pie y, además, quedaba espacio para meter estos dos carros de la compra, que aunque están viejos y rotos, llevan mi vida dentro. Cabían hasta estos dos que no paran en todo el día de pelearse conmigo.

No, la dirección que va en el DNI ya no es la mía. Ahora vive ahí mi hija con su familia. De vez en cuando cojo un autobús y voy, pero poco, así que, mejor que allí no me envíen la respuesta a la reclamación. 

Míreme, señorita. ¿Tiene hijos?, ¿usted cree que no me avergüenzo cuando miro a mis nietos a la cara y que no me doy cuenta de todo lo que arrastro conmigo? 

Señorita, sé que es necesaria una dirección a efectos de notificaciones pero yo no tengo donde recibir cartas, qué quiere que le diga. Si no le importa me lo puede enviar al centro médico del barrio del Pilar que allí hay unas buenas personas. Me dejan dormir en el porche y no llaman a la Policía. Por la mañana, en cuanto llegan, me permiten entrar a los aseos a lavarme; me arreglo la trenza, me pinto los labios y cuando acabo me dan un café. Ahora es como si viviese ahí. 

Mire, cuando dejé de pagar el alquiler porque mi pensión no daba para todo, me fui a vivir a mi coche que, aunque ni arrancaba, al menos me daba cobijo, y un día que fui al mercado a hacer mi ruta, al volver se lo había llevado la grúa. Creo que me denunció un municipal, que es espía alemán, porque yo sabía mucho de cuando la guerra. 

Es que usted no sabe cómo está el mundo. Hay mucho espía. Mire, mire, seguro que algunos de sus compañeros lo son, ¿no ve cómo nos observan por el rabillo del ojo? Yo llevo encima dos. Uno es Roberto, mi marido, y el otro no sé quién es, pero es rojo. 

Estaba deseando quedarme viuda y me quedé en la gloria cuando se fue, pero a los pocos meses, de repente, un día empecé a oír voces, me asusté y eché a correr por la calle. Sentía que todo el mundo me miraba y me perseguía; me explotaba la cabeza de dolor y me caí y, cuando desperté, estaba en un hospital militar. Lo sé porque todo era blanco, con luces que parpadeaban y gente muy seria: alemana. Por más que me preguntaban no les di ninguna información sobre mí y en venganza por mi silencio, me inyectaron en la cabeza, para que me vigilasen, a mi marido y a un comunista ateo que es aún peor que él.

Disculpe, vale, me centro en la reclamación. 

Mire, me he cansado de vivir a la intemperie y aunque poco, gano lo suficiente como para pagar a plazos una caseta. Quedé por la tarde en el parque de los patos, ese de las mimosas y los pinos porque allí hay un ficus muy grande y bajo él quería que montasen la cabaña. Cuando llegaron con el camión se pusieron como fieras conmigo porque decían que sin una autorización no la montaban ahí porque era un parque público. Les dije que yo no necesita permiso porque era una persona muy importante cuando la guerra e incluso, si se fijaban, el parque llevaba mi nombre, así que podían instalarla sin problemas. Al final, como me puse muy nerviosa y estos dos no paraban de gritarme, los del camión llamaron a los municipales y se llevaron mi casa. Ahora no me quieren devolver el dinero porque dicen que la financiación está aceptada y la caseta está en perfecto estado, por lo que no procede la devolución. 

Entonces usted dice que estoy dentro del plazo de desestimiento del contrato con la financiera y, que en todo caso, el problema estaría con el establecimiento porque en realidad, ellos no han incumplido nada.

Señorita, en el porche del centro médico paso frío, me mira la gente al pasar y se ríen de mí porque como nadie ve a estos dos se creen que me peleo sola, y digo yo, por favor señorita, usted que trabaja en este ayuntamiento ¿por qué no puedo poner en el parque una caseta pequeña para dormir cuando tantas noches he pasado allí en un banco?

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17 de noviembre de 2017

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Ni prosa ni poesía


—Los poetas, amantes de la estética y lo bello,
hablan de ficción y obvian al mundo.
Olvidan que no solo hay ángeles de hebras doradas
ni son siempre los demonios oscuros.
Inmersos en ensoñaciones y fantasías
hacen oda a la pulcritud y a la pureza;
es cierto que recuerdan los suburbios,
pero solo si hay bar en que agriar sus penas.
Todos son versos al alba o a la plateada luna,
muchachas de ojos claros y piel de aceituna,
diosas o adonis, varones gallardos,
aunque de los últimos no se hable tanto.
Todo es vender el amor como enfermedad,
vitorear a la soledad como veneno y cura,
y entre más honda parezca la herida,
no es secreto,
más puede prescindir el poema de rima.
—Hay poesía en prosa...
—Y prosa en poesía,
¡qué congoja!
— ¿Defender la música y menospreciar la belleza?
—Defender la musicalidad y la armonía.
¿Ignora que es melodía sin acordes la poesía?
—Entre sus disertaciones se me pierde su queja.
—Pues es simple, caballero: la forma, el tema...
La maravilla opacando lo ordinario,
la hermosura vapuleando la fealdad,
ese existir por encima de las nubes
sin narrar que bajo las uñas hay tierra sin labrar.
Aunque a veces trágicos,
simulan ser todos cuentos de hadas
que, se coma o no perdices, encandilan sin parar.
Mucha ficción y poca realidad, ya le digo.
Es eso lo que me causa pesar.
— ¿Y por qué habrían de privarse estas gentes
de lo mágico y lo bello y lo sutil?
¿Qué importa a qué hagan oda
o a qué dediquen versos
si su sentir logran transmitir?
—Se engaña:
es lo despertado en otros su paga.
Son ágiles en moldear palabras
sin que por ello tenga que sufrir su alma.
Se engaña
si cree que el sentimiento plasmado en sus textos
es justamente el mismo que les da origen;
bien es sabido, por ejemplo,
que para escribir una tragedia
no es requisito estar triste.
— ¿Y qué peso tiene de qué emoción dispongan
si hacen arte por igual con la alegría o la congoja?
Enfrente usted si gusta a la sinceridad y al dramatismo
Que nunca acabará vencido éste último.
— ¡Adiós a la autenticidad de emociones!
¡Qué perfidia!
—En la invención, como en el mundo real,
Sentir y actuar según qué papel,
Es una necesidad.
— ¿Así osa usted hablar de realismo? ¿De qué tipo?
¿Ese que pregona la pureza en tiempos de corrupción?
—Todavía hay almas impolutas entre la multitud.
— ¿Que usa la beldad falsa o fabricada de protagonista
y a la fealdad y simpleza da un papel de segundón?
—Los horrores y lo simple
no son tema interesante de conversación.
— ¿Que lapida lo vulgar y lo corriente
aun siendo el pan y vino de las masas?
—Es ley encontrar más deleite
en los platos exóticos que en la dieta diaria.
— ¡¿Que rinde homenaje y pleitesía a la virtud y a las doncellas
y a la perversión y a las putas,
aunque gocen de sus gracias,
las desprecian?!
— ¡No siga! ¡Exponer lo grotesco es obsceno!
— ¡Obsceno es esconderlo!
Con todas las palabras que los necios
han dotado de oro y plata para engalanar sus textos
se podría erigir un templo.
—¿Y qué propone entonces?
—Profanarlo.
La funcionalidad del lenguaje se pierde cuando
solo sus mejores vocablos son utilizados.
¿Ha visto cada vez cuántos eufemismos han creado
para rehuir usar un mero término zafio?
— ¡Por Dios bendito!
¡Ojalá no esté aludiendo a las metáforas!
Va usted perdido…
¿No se da cuenta de que son los dotes de aquellos a quienes desdeña
lo que hace que cada cosa escrita suene dulce y placentera?
— ¿Acaso lee usted con las orejas?
—Tanto como posiblemente escuche usted con la vista.
Recuperemos la educación y la rima, si gusta,
¿No será el exceso de romanticismo lo que denuncia?
— ¡Ah, el romance...!
Desde que la estupidez y el melodrama lo apadrinan
ha dejado de ser arte.
—Discrepo.
Tales atributos…
no hacen más que resaltar su intensidad y sentimiento.
Sin duda ha de considerarlo extraño,
no obstante, siempre he tenido a bien pensar
que todo el que escribe es romántico,
aunque no necesariamente cualquiera sea poeta.
—Parece usted uno.
Y no suponga que es un cumplido.
Su observación, por apasionada que se ofrezca,
sin remedio me empuja
a juzgar estúpido y melodramático a cualquiera
dedicado a la escritura.
— ¡Bah! ¿Un prosista naturalista?
—Alguien que aborrece convertirse en su propia crítica.
— ¡Vaya! No lo hubiera imaginado.
Al final, ¿cuál era, caballero, su reclamo?
— ¿Se fija usted? Eso nunca queda claro.


Fritzy Zamor

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19 de octubre de 2017

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Cachito el Samurai


Hay un pueblito en la Provincia de Buenos Aires perdido en la distancia, de casas bajas y calles polvorientas. Lo que alguna vez fue una vía de tren, hoy es solo un terraplén sin vías, cubierto de pastizales que divide a este caserío en dos mitades: los del “Progreso” y los “otros”, pero todos unidos por un mismo sentimiento de añoranza por ese tren que ya no está. En ese pueblito vivo yo con mi esposa Ana.

Como buen paisano, mi habilidad es montar caballos y estaba necesitando para arrear mis vacas, un caballito fuerte y manso.

Me entere que un tal Anselmo, el puestero de la estancia “El Jagüel”, vendía un hermoso alazán y hacia ahí me dirigí esa misma tarde después de dormir una siesta corta. Hacía mucho calor, el sol achicharraba el pasto y las chicharras estaban de concierto.

Cuando llegué al lugar, abrí una tranquera grande y me encaminé por el rodado profundo dejado por un tractor con la lluvia pasada. Al poco andar una jauría de 8 perros de todos los pelajes me dieron la bienvenida, entre tarascones a las ruedas de mi auto y sus ladridos fui avanzando hasta un pilón de troncos que el puestero estaba hachando. Con dificultad baje del auto entre los saltos festivos de los perros, y después de haberme presentado le comenté el motivo de mi visita. Entonces, Anselmo, me llevó a los corrales.

Ahí estaba, era un pingo color canela como lo soñé con la cabeza altiva, como si estuviera esperándome. De pronto la jauría de perros empezó a pelear y con asombro vi como los perros mordían al más pequeño hasta sangrar. El pobre animal puro hueso y descarnado por el hambre, terminó apartándose del grupo con la cola entre sus patas, tembloroso de miedo, con sus orejas caídas.

Con Anselmo llegué a un buen arreglo y el caballo ya era mío. Cuando nos encaminábamos hacia la vivienda para hacer el recibo de compra el perro maltratado se nos cruza y fue entonces cuando el dueño le da un puntapié con fuerza. El pequeño animal se alejó rápidamente rengueando buscando refugio entre las ruedas de mi auto. Una vez firmado el recibo, me despedí no sin antes tomar unos mates que me ofreció doña Ramona, la esposa del puestero. Cuando vi el perrito acurrucado y aún tembloroso, me invadió una infinita compasión y fue entonces que me volví hacia Ramona y le pregunté:

- Señora…ya que tiene tantos perros…¿me daría el más chiquito?, aquel flacucho -

Ramona, ni lerda ni perezosa dijo -¡Pero siiii!..ese no sirve para nada-

-Mañana me llevo el caballo y el perro me lo llevo ahora. Gracias-

Cuando llegué a casa, Ana estaba sentada en el banquito de la vereda esperándome y pudo ver lo contento que estaba.

-Mira lo que tengo aquí Ana- mientras ella se acercaba,

- me lo regalaron….-

-Pero yo quería otra clase de perro.. - me dijo Ana

-Perdoname mi amor, yo también, pero este animalito, si continúa con ellos lo van a matar. Me gustaría que me acompañaras al veterinario para curar el daño que le hicieron-

Ana entre resignada y preocupada asintió y llevamos el pichicho tan rápido como pudimos. Estaba dolorido, tenía el miedo reflejado en sus ojitos.

- ¿Que tiene? - le preguntó Ana al veterinario

-Garrapatas, son esas inmundicias que se ven como granos, son bichos que le están chupando la sangre-

- Y ahora?- Volvió a preguntar Ana

- Un buen baño y los parásitos se desprenderán. Pobre bestia, estará bien, curaré sus heridas, comerá como un príncipe y recibirá la vacuna antirrábica. Impresiona un animal sanito, pero con muchas marcas, incluso le falta un pedazo de oreja. Lo voy a dejar como esos perritos que desfilan- y sonríe….- Mañana vengan a buscarlo-

Al mediodía fui a ver a Cachito, nombre que le eligió Ana. Estaba en una jaula bañado y alimentado.

-Decile a Ana que le compré la cama para dormir y el collar para que lo saque a pasear, es mi regalo. Este perrito lo que necesita es amor-

Con el paso del tiempo, Cachito estaba desconocido, ya no era el mismo por el gran cuidado, mimoso, pegado a los pies de sus amos.

Esa tarde estaba llegando a mi casa con algunas compras, cuando de repente, Cachito comenzó a dar alaridos de terror y salió corriendo, dejando una estela de orina a su paso desde la vereda, pasando por el garaje hasta la puerta de la cocina. Cachito había visto en la vereda a Ramona y en ese mismo instante el pánico se apoderó de él. La misma, entró para calmarlo fingiendo bondad y dulzura estirando sus brazos y acariciándolo pero Cachito dio un salto y se le prendió de la oreja. La esposa del puestero horrorizada quiso alejarse y Cachito enseñándole los dientes la saco hasta la vereda y siguió hostigándola hasta que la obligó cruzar la calle. Este buen perro quedó mirándola mientras ella se alejaba con el pañuelo en la oreja caminando ligerito sin mirar para atrás.

Cachito perdió el miedo a la agresión y aprendió a defenderse. Era el guardián de la casa, vigilante y atento como un Samurai. En cuanto Ana, no quiso otro perro, para ella Cachito era el más hermoso de todos.


Elvira Segura


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21 de septiembre de 2017

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Sobre la existencia de las cosas en la mente de un zorrito que conversaba con su amiga lechuza


«Hoy me siento mucho mejor», comentó el zorrito mientras se ponía pancita al sol.
«¿Te sientes mejor?», preguntó incrédula la lechuza, que se encontraba sobre la rama de un gran árbol, con grandes ramas y hojas grandes, y grandes frutos grandes. 
«¡Así es!», exclamó el zorrito. «Me siento mucho mejor ahora que se lo he dicho».
Al oír aquello la lechuza suspiró agotada. Intentaba recordar qué era lo que el zorrito tenía que hacer, y con quién tenía que hablar, que habría querido decir, y que sería lo que habría dicho. El zorrito le era un personaje muy cómico por varias razones. Cada tres o cuatro lunas en la noche, el zorrito siempre aparecía cabizbajo, agotado y triste; pensando en su pobre y mundana existencia en este mundo, en lo desgraciado que era por no ser feliz, y en lo feliz que era por ser un desgraciado... por ser rojito, pequeñito y peludito; por ser, y por sobre todo... siempre triste por no ser. 
La lechuza, como era paciente, lo escuchaba quejarse de su vida, y lo escuchaba quejarse de sus quejas, y se quejaba también de su escucha; pero la verdad es que nunca antes había visto al zorrito feliz. De hecho, ahora que lo pensaba, nunca había visto al zorrito a la luz que el sol compartía.
Entrecerró los ojitos por un momentito, y con las plumas alborotadas lo miró un ratito. Allí en lo bajo, el zorrito sonreía. Tenía sus ojitos cerrados, la pancita al descubierto y las patitas estiradas. Tomaba sol, y como tantos otros, se relamía feliz. El pelaje cobrizo que lo cubría brillaba con la radiante luz, y los bigotitos le repiqueteaban encantados de arriba a abajo y de abajo a arriba, sin preferencias ni por uno ni por otro.
«Así que se lo dijiste», murmuró la lechuza un tanto más alto que de constumbre para que el zorrito le escuchara. Las orejitas  dieron cuenta de la escucha que prestaba el zorrito, y luego de un tenue momento, ensanchó aún más la sonrisa, entreabrió los ojitos y se puso de pie sobre las cuatro patitas. «¡Se lo dije!, tenías razón amiga lechuza. Debí haberlo hecho hace tanto... pero tú sabes como soy...». 
«Lo sé perfectamente», respondió la lechuza, sin estar muy convencida ya de quién era el zorrito, cuál era su problema, y con quién había hablado; menos aún sobre lo que sabía, debía saber o debía no saber...
El zorrito la miró esperando una respuesta, y la lechuza, con sus ojitos cerraditos aclamó mientras pensaba: «Bueno... ¿y qué le dijiste... exactamente?».
«Le dije de los árboles», respondió feliz. «Le dije de los árboles, de las plantas y pasturas. Le dije de los frutos y las frutas... le dije mucho de las flores. ¿Recuerdas a las flores? Le dije de tí... y de mí. Le dije muchas cosas sobre ella, pero más aún sobre él. Le dije lo que sentía y lo que no sentía. Le dije verdades y también algunas mentiras. Le dije que me gusta mucho el color rojo, esa fue una mentira... tú sabes que mi color favorito es el azul, y que no soporto el rojo. Pero no quise desilusionar... a nadie... muchos quieren mucho al color rojo. Le dije también de la luna, y le dije de la luna en la noche, y la luna en el día... ¿has notado que son lunas diferentes? ¡Por supuesto que lo has notado! Una está alegre y responde, la otra duerme todo el día... son lunas raras, casi alunadas dirias tú, ¿verdad amiga lechuza..? ¡Ah cierto!, le dije también de la amistad, del amor y su importancia. Le dije del arte de cazar, del arte de comer... le dije mucho del arte, eso es cierto. Le dije también de las cosas que nunca han de decirse, porque lo creí necesario.... Le dije tanto amiga lechuza, que ya no sé que no le dije...».
«¿Le dijiste tu nombre?».
«Por supuesto que no...», respondió el zorrito un tanto alterado, para luego agregar entre susurros: «Mi nombre es mío».
«No hay nada "mío" o "tuyo" querido amigo, eso lo tienes tú bien claro. Lo mío es tuyo, y lo tuyo es mío... no, no es así. Mejor sería decir 'no hay nada "tuyo" y no hay nada "mío", lo nuestro es nuestro...' no, eso tampoco suena muy bien. Nada es de nadie, querido amigo zorrito, o lo que es lo mismo: todo es de todos... ¿lo entiendes?»
«Nop», respondió el zorrito mientras olisqueaba una dulce flor.
«Déjame te lo explico... ¿Recuerdas cuando la luna en la noche, y la luna en el día se convierten en la misma luna? Pues bien, es sabido que la luna en la noche suele jugar con los lobos, las mareas y las lechuzas... y con los zorritos también, por supuesto... pero más que nada con las lechuzas. La luna en la noche es una buena amiga, ella comparte "la luz del sol", porque sabe que no es verdad que la luz sea del sol... ¿cómo explicarías que la luz que comparte la luna sea la luz del sol, sino, mejor, quizá y acaso, la luz no sea de ninguno de ellos, sino que es de ella misma? La luz también es amiga, querido zorrito. Pero es primero amiga del sol, después amiga de la luna, y gracias a la luna, la luz es amiga nuestra. Pero no es nuestra... eso que quede claro».
«Sigo sin enteder, amiga lechuza».
«Todo lo que la luz toca, es porque la luna así lo quiso, y la luz así lo quiso también, porque el sol así lo quiere, y los tres amigos lo quieren porque saben que son de los tres, porque ninguno es de ninguno. La luz, antes de ser luz, era luz... es decir, la luz siempre fue luz amigo zorrito. Pero la luz nunca fue de la luz, siempre fue de sí misma, pero no de sí misma solamente. Porque la luz no es de nadie, ¡ni de ella misma!, la luz es nuestra... pero no es nuestra... es de todos, porque no es de ninguno. La luz es... igual que el sol, que la luna, que los lobos y las mareas, que las lechuzas y los zorritos... todos somos, porque somos... y en tanto somos, no somos de nadie, y por tanto: somos todos de todos...».
«Eso no tiene ningún sentido, amiga lechuza... la luz es de la luna, o es del sol... no hay tal cosa como la luz de la luz ¡Qué cosas dices!».
La lechuza reflexionó un poco sobre las palabras del zorrito, y asintió. No porque el zorrito tuviera razón, sino porque el zorrito no la tenía; ni ella tampoco la tenía. Para la lechuza, la razón se tenía a sí misma, pero no solamente, la razón no era de nadie en particular; y por tanto, todos podrían tenerla. Entonces la razón era de todos.
«¿Y qué más le dijiste, zorrito?».
«Le dije que le dije cosas, pero eso ya lo sabía. Yo igual se lo dije, remarcar lo obvio nunca es algo obvio. Eso me lo enseñaste tú amiga lechuza, ¿no es verdad?», el zorrito se sonrrojó un poquito, y su color coloradito quedó aún más... más... coloradito. «le dije que me gustaban sus ojitos», murmuró casi un poquito más timido que el minu...tito anterior.
«Sus ojitos... entiendo... rojos me imagino».
«Rojitos», la corrigió «¿Cómo lo supo?», exclamó un poco asombrado el zorrito.
«Pues porque verdes no han de ser, zorrito; los ojitos verdes son ojitos de magia... y la magia nunca ha venido a visitar este planeta. La luna sabe bien de eso... al parecer no son buenas amigas... El negro es un color tan oscuro que brilla en la oscuridad, ¿has notado ese extraño y muy usual fenómeno?, a nadie le gustan esas cosas zorrito. Lo oscuro es demasiado mucho para ser tanto, entonces pasa a ser un poco más que nada... es casi nada... la nada no es muy linda. Hay mucha nada zorrito, a nadie le gusta lo que hay mucho. La luna sabe de eso y me lo ha dicho. Supongo que azul no serían zorrito, porque el azul es tu color favorito, y si hay algo que tienes tú, zorrito, es que siempre me tomas por sorpresa, eso no sería sorpresa, ¿o si?».
«¡No!, no lo sería, es cierto», río complacido el zorrito.
«Así que si ni negros, ni verdes, ni azules, tampoco serían blancos. Esa es la inferencia lógica».
Ambos asintieron en acuerdo que eso sería lo más lógico.
«Amarillo... amarillo podría ser zorrito pero no se me ocurrió, te seré franca. Así que en definitiva, el rojo, o bueno... el rojito... es el color seguro de los ojitos aquellos que te gustan».
El zorrito volvió a sonrojarse, y saltando sobre sus cuatro patitas se quedó sentado muy contento.
«Son ojitos tristes... sus ojitos rojitos».
«Como todos los ojitos que han vivido, zorrito. Si no son tristes, o no son ojitos, o no han vivido».

La lechuza y el zorrito intercambiaron algunas que otras de sus sabias reflexiones. El zorrito seguía encantado con su amiga la lechuza, y la lechuza disfrutaba del encanto del zorrito. Entre palabra y palabra, y algún que otro silencio, el sol que siempre gira, cedió el trono a la luna en la noche.
El zorrito y la lechuza, desprovistos de inocuidades, se saludaron gratamente el uno a la otra, y la otra a el uno. Aquella prendió el vuelo, en lo alto... y el zorrito la miró volar. Su sonrisa, aquella sonrisa que no le pertenecía siguió su rumbo a otras tierras, y volvió a sentirse triste como siempre.
«Me gustaría tener el poder del vuelo», murmuró el zorrito mientras rompía en el primer llanto de la noche... 
«Pero nada es de nadie, ni la nada, ni la nadie», le dije; y en seguida volvió a sonreir...
«¡Eso es muy cierto!», me dijo, y acto seguido, lloró otro poquito.


Texto: Eugene.
Imagen: Roeselien Raimond.

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25 de agosto de 2017

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Sexo salvaje



Esto de tener sexo una vez en la vida y morir por ello me empina las alas más que el Red Bull. Me excita hasta la extremaunción emanar más feromonas que la colonia Axe en su fragancia ‘almizcle & siete machos ’.

Aquí nosotros todos. Desquiciados. Salidos. Histéricos. Esperando a que ellas nos tomen para vaciar nuestra existencia aprisionados en su ranura vaginal para perpetuar la especie.

Si es que es primavera, todo tan en flor y esta llovizna entre limoneros, azahares y buganvillas a las faldas de la Fuensanta. El aire caliente, la tierra empapada, húmeda y blandita para excavar túneles. ¡Ay!

Ya llegan ellas, las divas. Una será mi reina; mi dueña. Me arrastrará frenética a los matorrales. Pero ahora he de pavonearme para ser elegido como semental. Que si me pongo aquí, que si me pongo allá, parezco Chiquito de la Calzada seduciendo a Tony Manero.

Me ha empotrado al vuelo. Mi diosa: tan grande, tan negra, tan voluptuosa. Tan hembra. He tenido que aferrarme a su enorme cuerpo para no salir despedido por el embiste. 

Porque ella no es cruel al pensar que soy una huevera portadora de material genético. No, ella es buena. Pero, pero tiene esa naturaleza salvaje, incontrolable y violenta que hará que, en cuanto consiga mi esperma, acabe su hospitalidad genital y entonces se girará con tanta furia que descuartizará mi cuerpo por la cintura. Luego se alzará y volará un rato con mis genitales aún colgando desde los suyos para terminar de exprimir mi semen. Después buscará una parcela fresquita de tierra mojada y tierna en la que taladrar y fundar su imperial hormiguero.



P.D. Fuente: reportaje en la revista Quo sobre la suerte que corren las hormigas macho tras la fecundación de las reinas. 


Foto: iStockphotos
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27 de julio de 2017

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Volví a pensarte


Hoy volví a pensar en tus ojos verdes
En tu pelo enrulado, desprolijo, largo...
En tu pequeña sonrisa,
En tus labios
—mierda, esos labios!—
Hoy volví a pensarte como hace tanto.

Y mis manos temblaron
Buscando tu cuerpo,
Tu cuello, tu nuca...
Y mi piel se erizó con el simple recuerdo
—la añoranza de un recuerdo que nunca fue—
El recuerdo de tus manos sobre las mías,
De tu fuerte abrazo comprimiendome el pecho.
—mierda! Ese abrazo!—

¿Y qué puedo hacer yo
Más que llorar en silencio
Al amor que te declaré vencido,
Tendido —desprovisto de todo— a tus pies?
¿Y qué puedo hacer yo
Más que recordar tus ojos verdes
Y sus hermosas motitas marrones
En una intermitencia incontrolable
Y pensarlos amables, y tercos como siempre?

Te extraño.
Extraño tus charlas tendidas en idiomas perdidos,
Extraño tu presencia en cada uno de mis momentos.
Extraño pensarte de a ratos y bien seguido,
Y pensarte pensándome: como algo posible
Y no algo prohibido.
Pero de seguro me olvidaste ya...
Me olvidaste antes de que yo me diera cuenta
Que todo lo que te digo
Que todo lo que te escribo
Era en realidad lo que sentía en mi pecho
Al estar en tu presencia.

¿No me querés mirar un rato más,
Así como me mirabas?
¿No querés reír conmigo,
De alguna que otra guarangada
Y pensar alguna burla improvisada?
¿No querés pasar por mi lado
Y rozarme la mano con dulzura?
¿No querés volver a verme,
Y abrazarme, y atarme a tu cintura?
¿No me querés amar
Así como yo te amo en silencio
Cada día y cada minuto
Desde el último en que te vi,
Hará ya casi un año?

Siempre dije mal tu nombre.
Hoy es en lo único que pienso.
—mierda! Esos ojos verdes!—


Eugene
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10 de julio de 2017

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In Memoriam


El licenciado Tripudio Beneficiario Locanto había encontrado que su lugar en el mundo no era en su pueblo natal, Barranca del Medio, era sobre una tarima frente a una silenciosa y expectante audiencia. Primero pensó que esa aptitud indicaba que debía dedicar su vida al clero, razón por la cual inició los estudios que en pocos años lo llevarían a tomar los hábitos, pero antes de lograrlo y despertar la tremenda ira de Dios por sus constantes devaneos, logró ver que sólo los panegíricos eran los que se le daban especialmente de manera natural. Como si hubiera nacido para ellos. Más aún cuando los hacía en el cerrado mundillo de la política, tan afecto a actos conmemorativos de las eminencias perdidas sin que hubieran dejado su pretenciosa o merecida huella en la posteridad. Él podía crear una épica heroica donde no la había, resaltar virtudes donde el vicio había sido la media y así hacer memorable aquello condenado al olvido.
Contaba con una evidente facilidad natural para expresar tristeza ante la muerte de cualquiera, de manera poética, sin atenerse a ninguna métrica específica pero impresionando a la audiencia con palabras rimbombantes que el ciudadano medio jamás había escuchado con anterioridad. Esas elegías le otorgaban a Tripudio una cierta superioridad intelectual sobre su público, cosa que a su modo de ver, hacía que su vida finalmente valiera la pena.
Pronto fue maestro de ceremonias vitalicio del cementerio de su ciudad natal, famoso por haber sido construido por el genial arquitecto e ingeniero Francisco Salamone D'Anna en las épocas del monumentalismo fascista nacional . Utilizando su voz fuerte y gruesa lograba hacerse escuchar hasta el fondo de las galerías en cada conmemoración del fallecimiento de alguna figura ilustre. El eco de sus palabras revotaban entre los nichos y las decoraciones Art Nouveau de las bóvedas amplificándose de manera antinatural y tomando matices de una decrepitud suave como la del moho acumulado sobre las mismas. Siempre vestido con su impecable levita , cuello duro y pajarita, había logrado crear la ilusión de que los mismos formaban parte de su cuerpo y que no lo abandonaban ni siquiera a la hora de dormir. Es que con frecuencia era llamado imprevistamente por la radio o la televisión para expresar unas sentidas palabras sobre algún personaje famoso que había pasado a mejor vida y aunque él probablemente ni siquiera lo conocía, hablaba del mismo con total certeza y sentimiento, a cualquier hora del día, siempre vestido en su impecable percal.
Con los avances de la tecnología y aún cuando se sentía cómodo con el transcurrir de su vida, ideó una estrategia que haría evolucionar su empresa para hacerla más rentable. Comenzó a coleccionar imágenes que lo asociaran con los famosos o poderosos que, como todos, tarde o temprano morirían. Los diarios, las revistas e Internet se plagarían de imágenes de él posando junto al recientemente fallecido cuando aún gozaba de los placeres de la vida, otorgándole una autoridad moral y conocimiento superior a la hora de cobrar sus exiguos honorarios como director de la Junta Histórica de Barranca del Medio y vocero oficial de la Junta Municipal de Conmemoraciones y Homenajes, que él mismo había logrado fundar mediante una partida desviada de la obra pública provincial.
- Que hable el Dotor ! Era la frase que con la frecuencia apropiada ponía un plato de comida en su mesa. Porque el licenciado, aunque disfrutaba del hecho de que lo llamaran doctor, nunca había ejercido el Derecho, a tal punto que muchos dudaban del diploma enmarcado que había colocado a sus espaldas en la pared de la oficina. Sus ingresos provenían casi exclusivamente de las palabras vertidas desde una tarima a un selecto grupo de gente y ese habría sido el motivo por el que nunca había podido sostener una familia.
Así fue que cada figura medianamente conocida que pisaba Barranca del Medio era sometida de manera inconsulta y por asalto a la fotografía junto al hombre de las elegías. Un ex presidente de la Nación tendría el mismo tratamiento irreverente que un cantante de cumbias o un famoso artista plástico. Todos eran tomados por sorpresa. A muy pocos se les solicitaba la pertinente autorización. Y es así como se puede ver a Tripudio acercando su cara al ex-presidente De la Calle mientras éste se estaba llevando a la boca una jugosa y chorreante empanada tucumana, o al pintor Milone que había llegado para pintar un mural de regalo para la escuelita, concentrado en una charla agradable con la vicedirectora, mientras Tripudio sonríe a sus espaldas con un pulgar en alto como si le diera un like en Facebook.
Pronto expandió los horizontes de su empresa de homenajes y comenzó a realizar canjes con los restaurantes más emblemáticos del pueblo. Él invitaba a comer a algún famoso y la foto resultante de la comilona surcaba las redes con mención incluida además de decorar el área de imágenes de visitantes ilustres que siempre uno encuentra tras el mostrador o camino a los baños.
Tal era la notoriedad de sus actividades que pronto fue etiquetado como ciudadano modelo y un partido político en moribunda decadencia lo postuló para las legislativas sin su conocimiento o consentimiento previo. Poco faltó para que ganara, pero su figura de otras épocas y su vestir anticuado, más que las propuestas con las que no contaba, habrían despertado el desagrado del electorado más joven y Tripudio, por una vez en la vida, hasta se sintió aliviado por ese radical rechazo.
Algunos desinformados lo confundieron con un acechador de estrellas. Un fanático de las selfies con figuras de renombre. Pero no, se equivocaban. Lo de Tripudio era meramente profesional y parte medular de su negocio.
En la primavera de 2016, más exactamente el 16 de octubre a las 10:32 hs. el licenciado Tripudio Beneficiario Locanto expiró en la mitad de una frase. Su cuerpo exánime cayó al suelo desde la cúspide de su fama, mientras realizaba una elegía en el septuagésimo aniversario del paso a la inmortalidad del Teniente Coronel Euclides Gervasio Posadas, héroe de la Revuelta de la Zanja de Alsina y oriundo de Barranca del Medio. Como cualquier mortal de más de ochenta años de edad, la causa de muerte que decoró su partida de defunción fue "Paro cardio respiratorio" como si alguien pudiera morir y seguir respirando o lograr que siga latiéndole el corazón y aún así seguir siendo un muerto.
Su cuello duro y la pajarita se encuentran hoy en día en una coqueta vitrina del museo de la Junta Histórica de Barranca del Medio, como sentido homenaje a uno de sus pilares y socio fundador.
Su sucesor, el doctor Heliotropo Narciso Frías hizo los honores en el funeral y cuentan que su panegírico no sólo fue digno del propio Tripudio, sino que era superior a cualquiera que él hubiera realizado, pero nadie, por respeto al muerto, lo diría en voz alta jamás.
Pronto Tripudio pasó a la inmortalidad del corto plazo. Se encontraba vivo en cada retrato, en las grabaciones de la radio y los videos de la televisión. Pero tal vez su legado más importante y perdurable haya sido la colección de fotografías con los famosos que decoran las paredes detrás del mostrador o camino al baño de los restaurantes que frecuentaba. Porque cuando el polvo se asentó y el tiempo fue devorando la memoria reciente, el licenciado Tripudio Beneficiario Locanto pasó a ser simplemente ese personaje junto al famoso. El que arruinó la foto.

O.Pin
Julio 2017.


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28 de junio de 2017

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Agridulce neón



En Suiza soy un artista. Aquí, un maricón pintado. Me llamo Dante, pero prefiero que me llamen Carola. Soy gay y transformista. A menudo visto como mujer a pesar de que alguna vez me han insultado y apedreado. Estoy acostumbrado al rechazo y, aunque me veas así de feo, bajo, peludo y gordito, cuando me transformo soy irresistible.    

Y Carola, con sonrisa burlona, mira divertida a Andrea, la periodista que prepara un artículo sobre su trayectoria profesional. Carola bate las pestañas mientras bebe vino rosado en una copa de balón repleta de cubitos; cruza las piernas con delicadeza y acerca el cigarrillo mentolado a sus labios en perfecto estado de seducción. Lista para contestar, en tono afrancesado, mientras tararea juguetona ‘Je suis Malade’.

¿Mi trayectoria profesional? Pues estudié Arte Dramático, luego trabajé de maquillador en el Teatro de la Ópera de Ginebra y, más tarde, como transformista en cabarets importantes de la Costa Azul, en el Caribe, por Centroeuropa..., hasta que me instalo definitivamente en Ginebra, en La Garconniere. Mira, -dice Carola pensativa- yo he cumplido el sueño de trabajar en lo que quiero pero he de confesarte que he pagado un precio muy alto por conseguirlo. 

¿Que cuente algo de mi vida? A los 14 años mi padre me echó de casa por maricón. Imagina Ginebra en pleno invierno y yo durmiendo varios días en la calle. Acabé en un albergue juvenil y mi madre me visitaba a escondidas. Cómo son las cosas, a mí, por maricón me echaron. Mi hermano, que es un ladrón buscado por la justicia y un yonki, es el orgullo de la casa. El macho. Cuando mi padre enfermó de cáncer lo cuidé hasta que murió. Jamás me dirigió la palabra. Ni siquiera cuando lo lavaba y curaba. Y lo hice con mucho amor porque era mi padre y le quería. Mi hermano nunca lo visitó. Ni siquiera vino al entierro. Ahora ya ves, vivo en Torrevieja, con mi madre desde hace 12 años porque la pobrecita está mayor. A mi hermano le sigue pasando dinero y el resto de la pensión se lo gasta en el bingo. Yo viajo cada tres meses a Ginebra y Marbella para trabajar un poco y mantenerme. No me quejo, la vida a veces es así, - sonríe juguetona mientras alza los brazos como un mago-.

¿Un día normal en el camerino? -Carola entorna los ojos coquetones, le da una calada al cigarro y rie mientras parpadea-. Pues hay muchos nervios porque la función está a punto de empezar. Pero te voy a contar una cosa, - susurra con complicidad mientras acerca su boca al oído de la periodista-. Llego siempre el primero, me pongo un gin tonic y en el camerino me enciendo un cigarro. En el local no se puede fumar, pero ahí sí porque es privado, -abre los ojos y gesticula con exageración- ¡Mataría por un cigarro! - dice a carcajadas-. Después de fumar me siento frente al espejo y comienzo a borrarme. Me borro física y emocionalmente con una capa gruesa de base que cubre por completo mi rostro. Esa primera parte es brusca y dura porque literalmente has de desaparecer para que, con el maquillaje, surja la mujer que llevas dentro. Tengo una anécdota graciosa de mi primer día en La Garconniere, me reí mucho porque me mandaron al sitio de la vedett, que es el más ancho del camerino. Tú ahí, - señalaron entre bromas- que eres la más gorda y aquí, entre tantos trajes, plumas y boas no nos podemos mover. 

Preferiría no hablar de lo duro que me ha sido llegar aquí, de cómo perdí a los tres amores de mi vida en accidentes y de que ahora estoy en secreto con un casado que tiene un cargo público muy importante. Es cierto que a veces estoy triste, sobre todo si llevo tiempo sin ser Carola. Así que, cuando estoy depre Carola sale y me socorre, -explica mientras levanta una ceja seductora y juguetea con los cubitos de su copa-.

Cuando siento que las cosas no son fáciles lo que hago es pensar en todo lo bueno que he vivido, - confiesa orgullosa-. Yo me siento especial y no porque sea más que nadie sino porque tengo el don de transformar a la gente para que saquen su ‘yo’ escondido. Por ejemplo, si a un hombre lo maquillo de mujer, se transforma. Da igual lo basto u ordinario que sea porque al verse así, maquillado, no ve una caricatura, ve a la mujer más maravillosa del mundo. Olvida su tosquedad y se convierte en una dama; en una señora que desborda sensualidad.

Al acabar la entrevista Carola despide con un abrazo a la periodista. Big kis, querida, un placer conocerte. Au revoir. Al marcharse la periodista, Carola, vuelve a su silla de la cafetería frente al mar contoneándose seductora y coge un cigarro. Un hombre se acerca por detrás, se presenta y, con gentileza, le da fuego.



P.D. Este relato es mi manera de aportar una grano de arena a la celebración del World Pride Madrid 2017 y en especial, a la lucha contra la homofobia en el mundo.




                                           
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19 de mayo de 2017

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In God we trust


Primero vinieron los obscuros con sus ojos desorbitados y rituales asquerosos. Oh dios. Se bebían la sangre de los niños recién nacidos que caían en sus manos. Manos sudorosas, callosas, manos que no podían de ningún modo ser humanas. Nos contaron de sus ceremonias obscuras en las que alimentaban hogueras con trapos que nos robaban mientras nosotros, oh dios, les confiábamos todo. Cocina, alacenas, cultivos. Todo. Dios en su infinita sabiduría nos protegió; a ellos los hizo débiles y viciosos, para que se mataran entre ellos, para que nos tuvieran miedo y se quedaran juntos, apartados de nosotros.

Pronto íbamos a sufrir de nuevo y la amenaza vendría como una sombra invisible que no dejaba de acechar detrás de cada árbol. Los rojos llegaron en la noche, sonrieron en las fiestas de los vecinos y brindaron en nuestras mesas. Traían escondida la marca del martillo que nos aplastaría mientras dormíamos. Oh dios. Llevaban la pudrición a las escuelas y al trabajo. Predicaban el odio a dios, la muerte de dios, la imposibilidad del juicio de dios. Herejes colorados de barbas escondidas y tentáculos envenenados. Oh dios. Nos obligaron a sonar alarmas, a ponernos mascarillas, a construir agujeros en la tierra para escondernos de ellos, oh dios. Vimos sus rostros por la televisión, albos como nosotros, pero con el diablo rojo susurrándoles al oído. Pero ganamos el juego, rompimos sus hoces, les enseñamos el camino. Perdonamos porque dios les da otra oportunidad a los caídos. 

Avanzaba aún lo peor contra nosotros. Lo supimos antes de que llegara a tocarnos la puerta y a derribarnos las casas. Oh dios, el horror que nos vigilaba detrás de los velos. Comenzamos a fijarnos en ellos, a descubrir sus intenciones de adueñarse de nuestra tranquilidad. Las telas y los turbantes los señalaban, eran ellos los que gozaban con nuestro miedo lanzando chillidos al viento, ululando como aves negras que abrían sus alas para estrellarse contra nuestros nidos. Caminaban entre las dunas levantando el fusil, lanzando gritos al cielo, amenazando la libertad y los vecindarios tranquilos. Debajo de cada auto, en cualquier paquete de correo, en las estaciones de tren, en los aeropuertos. Cadáveres caminantes forrados de explosivos. Oh dios, ni siquiera te reconocen. Sus doctrinas alrevesadas, sus cantos de guerra, su odio sin sentido a todos nosotros. Suerte que nos previnieron a tiempo, ahora podíamos ver su cara en cada noticiero de la tarde y de la noche y del día y de la hora de la comida. Suerte que los fuimos a buscar a sus madrigueras y los sacamos. Suerte que ya no tienen que temer ahora que les regalamos la verdad y la democracia y la libertad y los refrescos de cola y la paz. 

Ya llegan los otros, esos que cortaban el pasto y recogían nuestra comida. Confiamos en ellos. Les abrimos la puerta de atrás de la casa, les dimos empleo, los sacamos de sus pocilgas  sureñas llenas de mujerzuelas y pobreza. Pero  traían con ellos, tatuada en cada brazo, una conjura contra nuestro pueblo. Metido en cada bolsillo una dosis de veneno para nuestros niños. Acechando detrás de los muros que alcanzamos a construir antes de que se nos vinieran encima, bestias pardas, sudorosas, sucias. Esperando con su media lengua, fingiendo ser amigos para robarse a nuestras niñas rosas, para quitarnos los pocos empleos, para robarnos el pan de la boca y la tranquilidad del corazón. 

Tenemos miedo. Nos dice la televisión, nos dice la radio, nos dice cualquier boca y cualquier  pantalla. Ya están aquí, tocando a la puerta. Oh dios, haremos lo que haga falta, lo que nos pidas, cualquier cosa para quitarnos ese miedo a lo desconocido envuelto en  muerte roja, amarilla o negra. Y sabemos que tu sólo estas de nuestra parte. Oh dios, levántanos en tus manos rubias y extermínalos a todos. Porque tuyo es el poder y nuestra la gloria. Amén.

Imagen de: ri4uks.tumblr.com

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